Dos pianistas, ¡y qué pianistas!
Ayer tarde, tras una jornada entristecida por la nueva tragedia ferroviaria, con su carga de mortífera y caprichosa veleidad, finiquitado un día de rutina y ceniza, que fue derivando en desaliento inerme luego por la conciencia del destino implacable que parece haberse decretado sobre nuestro país (pensaba en los muertos por decenas pero también, extraña y tozudamente, en los autores involuntarios de esa tragedia, cuyas vidas han dado un vuelco letal por un acto despreocupado y aparentemente rutinario pero cargado de trilita, de consecuencias horrorosas solo comparables a las de esos abuelos que dejan al nietecito, al que adoran, en un coche aparcado al sol inclemente y van a hacer sus compras como si nada, olvidados de su encomienda: el horror, el horror, y se me ocurría que quizás la Humanidad esté al borde de una pandemia de desatención, idea terrible, pero posible, visto que la atención hoy en día se la disputan todas las fuerzas vivas del planeta sin mesura), nos dirigimos mi mujer y yo a escuchar a András Schiff y Evgeni Kissin tocando mano a mano en el Victoria Hall (de Ginebra) un programa que en principio constaba de una primera parte con dos piezas para dos pianos y una segunda con dos obras para cuatro manos.