Maneras y costumbres de los modernos egipcios (1836)

Edward William Lane

Traducción de Jaime Sánchez Ratia

Libertarias & Prodhufi, 1992

(...)

"Existía en El Cairo antiguamente una clase, bien numerosa, de gentes llamadas tufaylíes o tufaylis (es decir, gorrones) que, aprovechándose de la hospitalidad de sus paisanos, iban tirando solo a base de gorronear. Esta clase ha disminuido bastante en número de un tiempo a esta parte. Allí donde hubiera una fiesta siempre podía encontrarse alguno de estos respetables individuos, y solo podían ser desalojados del convite mediante algún óbolo. Viajaban incluso a lo largo y ancho del país sin llevar un ochavo en el bolsillo, infiltrándose en los domicilios privados cuando querían comer o poniendo en práctica un variado arsenal de trucos con este fin. Dos de ellos, me contaron, decidieron hace muy poco acudir al festival del Seyyid Badawi en Tanta, un viaje muy largo, de dos días y medio desde El Cairo. Andando sin prisas, llegaron a la pequeña ciudad de Qalyub al término de la primera jornada, encontrándose en ayunas y sin manera de cenar. Uno de ellos acudió al Cadí y, después de saludarlo, dijo: "Oh, Cadí, soy un viajero de Oriente que se dirige a El Cairo y tengo un compañero que me debe cincuenta talegas, que lleva consigo ahora mismo, pero que se niega a dármelas, y yo las necesito sin falta." "¿Dónde está?", preguntó el Cadí. "Aquí, en esta ciudad", replicó el querellante. El Cadí envió a un emisario del juzgado para ir a por el acusado y, entre tanto, confiando en que habría de sacar buena tajada de semejante veredicto, ordenó que se preparase una buena cena, cosa que los cadíes de los juzgados hacen en circunstancias como la descrita. Ambos hombres fueron invitados a cenar y a dormir antes de que se examinase el caso. El acusado admitió que tenía en su poder cincuenta talegas de su compañero, y dijo estar disuesto a devolvérselas, porque le estaban resultando un engorro, ya que se trataba tan sólo de las bolsas de papel en las que se vende el café. "Somos tufaylíes", añadió. El Cadí, lleno de rabia, mandó que desarecieran de su vista."

(pp. 279-280)