Los siete flancos de Israel

Publicado el 3 de marzo de 2026, 8:07

Israel lucha en siete frentes, tantos como brazos tiene la Menorá o como las quejas de Moisés, y sus ciudadanos están atemorizados, arrepentidos y enfurecidos a partes iguales. Su Gobierno ha reconocido ya la muerte de 70 mil palestinos, es decir, saben perfectamente que los palestinos masacrados son varias docenas de miles más y se agarran a las cifras oficiales. No es para enorgullecer a la ciudadanía, por más que ésta viva en la denegación de la realidad. Es la consecuencia trágica de permitir que un insensato monte un Gobierno de lunáticos desenfrenados como el que ya dura demasiado. El Grand Eretz Israel ya no parece tan atractivo, si este va a ser el precio, en descrédito y rechazo mundial. ¿Y si probaran al fin, como último recurso, las relaciones de buena vecindad, el diálogo y la paz?

El inquilino de la Casa Blanca parece remiso a bombardear, porque sus generales le han dicho, básicamente, que una guerra contra los persas sería larga y diezmaría trágicamente las existencias de material bélico sofisticado en los arsenales americanos, dejando a los Estados Unidos sin recursos en caso de que sus cañoneras tuvieran que "pacificar" otros rincones del planeta (y piensan en Taiwán y en el Mar de China meridional).

Servidor, que no encuentra nada simpáticos, obviamente, a los teócratas de Teherán, con su gusto por los ahorcamientos públicos mediante grúas, su infame prisión de Evin y su trato indecente a las señoras iraníes, que han demostrado más arrestos que nadie, incluso que los odiados basidjis, no deja de preguntarse cuánto de teócratas tienen los ayatollahs y quienes los apoyan (quizás un 25% de la población, en su mayoría hombres) y cuánto de persas. Acabar con el teócrata es pan comido, deshacerse de los persas es otra cosa. Y, si no, que lean a Herodoto. Llevan 25 siglos como potencia regional y van a seguir así, cualquiera que sea su régimen. Pese a ello, los warmongers de varias partes del planeta llevan años intentando derrocar el régimen de Irán y últimamente no lo esconden, a juzgar por las declaraciones de altos responsables de la Administración estadounidense y del Mosad de que han promovido y acicateado protestas e incluso violencia y represión salvajes en las calles del país, con un recuento de víctimas que el diluvio de propaganda de unos y otros nos impide cuantificar debidamente. Incluso han desempolvado al príncipe heredero de los Pahlevi, al que todo el mundo tenía por embalsamado en el papel couché del ¡Hola!, y lo pasean por diversos platós, haciéndole decir insensateces patéticas. Bochornoso. Los Pahlevis no tienen nada que hacer en el Irán de hoy. Me da a mí que los iraníes de hoy quieren una transición pacífica hacia un régimen de libertades libre de cualquier represión medieval que conserve las especificidades de la inmensa cultura persa y las esencias del shiísmo y que no sea producto de una intervención extranjera.

Desde que en Israel probaron los efectos devastadores de los bárbaros misiles iraníes y los compararon con los cosquilleos de los caseros cohetes fabricados por el eje de la resistencia (a la que Irán dejó en la estacada sin el menor empacho cuando las cosas pintaron bastos), Bibi se ha dado cuenta de que en realidad, el tema de la bomba atómica (que Irán, según Netanyahu, está a punto a punto de fabricar desde hace quince años), no es tan importante como se creía, y que lo que realmente es una amenaza para su Estado, a su vez crecientemente teocrático, son las armas convencionales, y las variedades menos convencionales de éstas, los drones y los misiles hipersónicos, que dejan en entredicho la idea misma de los escudos antimisiles, por una simple razón: estos son demasiado caros. Además, los enjambres de drones baratos, usados como primera oleada, pueden desencadenar disparos de misiles Patriot o similares, de elevadísimo precio y limitada cuantía, permitiendo que armas de más envergadura atraviesen la cúpula, y causen destrozos importantes. Todavía no conocemos exactamente cuál fue el resultado de los misiles que en 2025 consiguieron impactar en varios puntos de Israel (fuentes de aseguradoras hablan de miles de millones de shékels en reparaciones). Apagón informativo, reforzado en Occidente por las prohibiciones a las cadenas hostiles, para las que al parecer los ciudadanos carecemos de anticuerpos.

Israel no tiene capacidad industrial para surtir debidamente una cúpula semejante, y el amigo americano solo la tiene limitada (se barajan cifras de alrededor de 4.000 misiles de escudo, quizás exageradas) y además está empezando a cansarse de tanto pedigüeño que hace cola a las puertas de la Casa Blanca, pues hay que contar también con Zelensky, que no es manco el chico. Además, la popularidad de Trump está en caída libre y, como buen narcisista, su estupefacción lo paraliza en una ciénaga de incredulidad e inacción (que combate dando nuevos plazos). Sin embargo, ha movido a dos de sus cinco o seis portaviones en activo (de un total de 11, la mitad están en dique seco por reparaciones y upgrading) por las mares océanas hasta una distancia prudencial de la costa iraní y ahora se encuentra, como dice el profesor Mearsheimer, enrocado en una posición en la que toda opción parece peor que la anterior, con toda su armada, como la llama él, esperando unas órdenes que no llegan, y sin saber muy bien qué hacer.

Ojalá los bombarderos no despeguen, los portaviones vuelvan a sus puertos de atraque y cunda, por una vez, el sentido común, y no los intereses espurios de Israel. Pero los tiempos que corren son extraña y peligrosamente imprevisibles.

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