Qué mejor día que hoy para ponderar y dar a conocer la reciente publicación en Francia de un hermoso volumen titulado "Le livre des quatre-vigts poètesses. Une anthologie de la poèsie feminine universelle", editado coquetamente por R&N en el marco de su colección Les Chartreuses. Son 80 poetas, o poetisas, que no estoy seguro de qué es más correcto, desde Safo, la primera, hasta Christine Koschel, la poetisa y traductora alemana fallecida en 2024, la última. Una edición bilingüe, como debe ser, que incluye a grandes poetisas, algunas menos conocidas, como Victoria Colonna, Anne Finch, Yu Xuangi, Humilité de Faenzay a muchas muy conocidas, como la Ajmátova o María Zambrano, una de las tres españolas, con Rosalía de Castro y Teresa de Ávila, casi tan santa por su actividad de agitación, fundación y propaganda cristiana como por su prosa magnífica y genuinamente castellana. E incluso a una árabe, como Al-Jansa', la incansable poeta elegíaca de su hermano Sajr.
Me asombra que no figuren ni la Tsvetaieva ni Alfonsina Storni, pero bueno, no caben todas, supongo. Aunque sí las tres hermanas Brönte, que no estoy seguro de que las tres escribiesen versos. Una selección personal de Cristina Campo, no en vano esta edición es traducción de la edición original italiana, "Ottanta poetesse per Cristina Campo". Cristina Campo fue la poeta y traductora boloñesa hija del músico Guido Guerrini, que murió demasiado joven, como su admirada Simone Weil, de la que tradujo alguna obra. Pongo a continuación y traduzco, como antídoto o tríaca, ahora que la guerra anda suelta de nuevo y el odio y la sangre campan a sus anchas, un bello poema amoroso, adelantado para su época, que encuentro magnífico en su sencillez, salido de la pluma de Aphra Behn, la escritora inglesa nacida en Canterbury en 1640 y enterrada en Westminster en 1689 tras una vida de libertad y viajes, espionajes, matrimonio y amor libre con unos y con otras, símbolo temprano, para Virgina Wolf, de una modernidad rutilante y calificada por ésta de primera escritora moderna y "aventurera de la novela" (la única que escribió se titula Oroonoko, nombre que es al parecer la gracia de un esclavo africano y cuenta su amor imposible y trágico, y que está inspirada en la estancia de la poetisa inglesa en las Antillas holandesas, cuyo esclavismo repugnante denuncia). El poema, que tiene dos versiones, una más atrevida que la otra (que simplemente habla de un Amyntas, probable referencia precavida al pastor homónimo de Torquato Tasso en la traducción de Leigh Hunt, y no de Silvia, amante al parecer de carne y hueso), se titula The willing mistress (La amante de buen grado):
I led my Silvia to a Grove,
Where all the Boughs did shade us.
The Sun it self, though it had strove.
It could not have betray’d us.
The place secur’d from humane eyes.
No other fear alows,But when the Winds do gently rise;
And kiss the yeilding Boughs.
Down there we sate upon the Moss,
And did begin to play,
A thousand wonton tricks to pass,
The heat of all the day.
As many kisses I did give,
And she return’d the same,
Which made her willing to receive;
That which I dare not name.
My greedy eyes no ayds requir’d,
To tell their amorous Tale,
On her that was already fir’d:
'Twas easy to prevail.I did but kiss and claspe her round,
[Whilst] they my thoughts exprest,
And laid her gently on the ground:
Oh! who can guess the rest.
Llevé a mi Silvia a un bosquecillo,
donde todo ramaje sombra nos daba.
El sol mismo, por más que se esforzara,
no podría habernos traicionado.
El lugar, a salvo de miradas humanas,
nada había que temer, salvo cuando los vientos,
soplando suavemente, besaban las ramas mansamente inclinadas.
Allí, sentadas sobre el blando musgo,
comenzamos a juguetear,
mil travesuras desenfrenadas para hacer pasar,
el largo calor de todo el día.
Le di muchos, tantos besos,
que ella me devolvió a su vez,
lo que la hizo estar dispuesta a recibir,
aquello que nombrar no me atrevo.
Mis ojos codiciosos solos se bastaban
para desgranar su amoroso Cuento,
y sobre ella, que estaba ya encendida,
fue bien fácil enseñorearse.
Solo la besé y la abracé,
mientras mis pensamientos se expresaban,
y delicadamente la acosté en el suelo:
¡Ah! ¿Quién adivinar podrá el resto?
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