Brahms, solo Brahms

Publicado el 7 de noviembre de 2026, 18:35

Para un modesto, pero radical, brahmsiano como quien esto escribe, lo que ocurrió el jueves pasado en el Victoria Hall fue todo un éxtasis, con apariciones y confirmaciones de la fe irredenta, presta al martirio, en el músico alemán, cuya tumba visité como un peregrino en una ocasión, allá por los 90, treintañero, en una Viena y un Zentralfriedhof cubiertos por un palmo de nieve virgen, gozando de la hospitalidad de mis buenos amigos vieneses, Ferdinand y Eleonora.

Tras agotar por fin con pena mi bono regalo de la OSR que tan cariñosamente me regalaron mis colegas del trabajo (¡gracias mil, compañeros!) cuando me la organización me quitó definitivamente la cadena del pie, la que me ataba a ese largo y a menudo llevadero practical joke llamado vulgarmente trabajo, fui con mi mujer y mi hija a ocupar unos estupendos asientos en el parterre del teatro. Debido a los filtros avariciosos de la taquilla electrónica y a otros desasjutes de coordinación de horarios, acabé en la fila 4, mientras mis acompañantes quedaron unas filas más atrás. Tenía al bostezante piano prácticamente delante de mis narices, entre invitador y amenazante, con sus entretelas bajeras y exquisitas a la vista, algo descocado.
La Berner Simphonieorchester es un conjunto sólido, alemán; apretados en el estrecho escenario del Victoria Hall, los músicos impresionan por su densidad. Los 7 contrabajos, uno menos de lo deseable, son sin embargo un buen acicate para esperarse lo mejor. Tiene algunos orientales que puntean los rostros germánicos mayoritarios de los profesores, y incluso una violinista embarazada. Me pregunto cómo el embrión llevará el escandalazo de una obra sinfónica como la que nos espera en la segunda parte, la segunda de Brahms, esa que algunos califican de su "pastoral" en alusión a la sexta de Beethoven. Menos mal que no es de las más sonoras. Dirige un polaco, Krzysztof Urbanski, director ahora de la Filarmonia Narodowa de Varsovia, y director invitado de otras muchas orquestas. Estará en la cuarentena. El pianista es suizo de origen tesinés, Francesco Piemontesi, y es de pareja edad, con algo de barba rala, elegante y comedido. Al director, cuando salta en el podio, se le ven las suelas rojas de sus mocasines tipo castellano.

Cuando atronan los primeros compases del concierto número 1, el pianista se balancea un poco de cabeza, acompañando los compases, y con el torso, en esa espera que imagino agónica para los intérpretes, hasta que le toca entrar. El concierto, que Brahms por dos veces intentó acometer sin intención de hacer de él lo que ahora es, primero como sonata para dos pianos y después en forma de proyecto sinfónico, evidente a lo largo de la obra, en la que el piano es un invitado de última hora que tiene que hacerse valer pese a no conocer a nadie en la fiesta, es largo, de 45 a 50 minutos, y le espera una dura tarea, con muchos fortes y pianisimos. Su interpretación me parece, yo simple aficionado, correcta y brillante en ocasiones, mejor a medida que avanza y el intérprete va ganando seguridad. Se oyen casi los martinetes al golpear y se ve la barra de fieltro del pedal subir y bajar. De Brahms impresiona todo, genio en estado puro, especialmente los cambios de un tema y la forma de pasar a otros más brillantes todavía y aún más melódicos. ¿Con 26 años alguien puede componer algo así? Pues sí. Sin embargo, es el mismo Brahms que, al final de su vida, ya con el hígado mortalmente tocado y gruñón, se levantaba de la mesa de su tertulia y se despedía diciendo: "Y ahora señores, si a alguien de ustedes he dejado de insultar, le ruego que me disculpe."


Al final, el intérprete nos obsequia con uno de los tiempos de sus op. 118, o 117, que suena delicado y modesto en comparación con el fragor y la fuerza del concierto. Es muy aplaudido y sale cuatro veces o más a saludar.


La sinfonía, perfecta, melodiosa, de esas que dan ganas de levantarse y bailar, fue magistral. Hace falta tener sangre alemana para tocar a Brahms, sobre todo las sinfonías, lo siento por el resto de conjuntos. Esta misma, la segunda, la escuché antaño en el Monumental de Madrid y, la verdad, no hay color. La tocaban como una obra de repertorio, no como lo que es, un portento de orquestación y un milagro de originalidad y talento renovado, siempre escapando de la sombra poderosa y algo asfixiante de Beethoven. Solo la Sinfónica de Galicia llega a esas alturas germanas en España. Escuché hace unos años a la Tonhalle en Zurich interpretando la primera y me dejó igualmente transido, electrizado. Es la unanimidad férrea en el rasgar de cuerdas, sin brumosidades, y la aparición exacta de los vientos. La fuerza de una locomotora bien engrasada que solo el director puede poner a resoplar a toda máquina. Escuchando, uno está impelido a echarse para adelante hasta llegar a captar todo el genio y el inmenso trabajo de orquestación que subyace. Brahms, no bien liquida unos acordes geniales, aparece con otros más geniales todavía, con esa capacidad para crear melodías de la nada, bien mejores que el silencio, que parece haberse perdido ya para siempre. Este ya es un Brahms maduro, de 44 años en 1877, en la plenitud de su genio, y se nota. Es un desafío para las orquestas cómo hacer que su diálogo entre instrumentos no suene plano, rutinario, de rascar funcionarial, que haya un contraste claro en lo que es un discurrir tranquilo, pero dotado de una hondura y una viveza súbita impresionantes, con finales autoritarios, en los que el genio de Hamburgo parece decirnos, "podría continuar así media hora más" pero lo dejamos aquí.


La Orquesta se despide sin un bis, lógico cuando se ha hecho un esfuerzo de esa categoría. Tras la langosta no se sacan boquerones. El respetable pide y pide, batiendo rítmicamente las palmas, cosa rara en España, pero solo consigue hacer salir a su director una y otra vez, que saluda y levanta a los músicos como un domador de fieras que obligara a saludar a los felinos. El flamente autobús de dos pisos espera fuera y el viaje a Berna son dos horas por lo menos. Abandonamos la sala cansados y felices, con ganas de más.


Una noche brahmsiana, bálsamo para una realidad algo grisalla, digital, brisa que llega de una época de genios, que refresca otra en la que los males propios y colectivos se confunden, desconcertantes y amenazadores, sin que sepamos decir en qué proporción.


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