Dos pianistas, ¡y qué pianistas!

Publicado el 29 de octubre de 2026, 14:57

Ayer tarde, tras una jornada entristecida por la nueva tragedia ferroviaria, con su carga de mortífera y caprichosa veleidad, finiquitado un día de rutina y ceniza, que fue derivando en desaliento inerme luego por la conciencia del destino implacable que parece haberse decretado sobre nuestro país (pensaba en los muertos por decenas pero también, extraña y tozudamente, en los autores involuntarios de esa tragedia, cuyas vidas han dado un vuelco letal por un acto despreocupado y aparentemente rutinario pero cargado de trilita, de consecuencias horrorosas solo comparables a las de esos abuelos que dejan al nietecito, al que adoran, en un coche aparcado al sol inclemente y van a hacer sus compras como si nada, olvidados de su encomienda: el horror, el horror, y se me ocurría que quizás la Humanidad esté al borde de una pandemia de desatención, idea terrible, pero posible, visto que la atención hoy en día se la disputan todas las fuerzas vivas del planeta sin mesura), nos dirigimos mi mujer y yo a escuchar a András Schiff y Evgeni Kissin tocando mano a mano en el Victoria Hall (de Ginebra) un programa que en principio constaba de una primera parte con dos piezas para dos pianos y una segunda con dos obras para cuatro manos.

Y digo en principio porque luego todo acabó siendo para dos pianos, pese a las instrucciones de las partituras, salvo en uno de los tres bises. Ver a pianistas compartiendo banqueta siempre es motivo de alborozo, un acto de compañerismo entrañable. Quizás sus auras y burbujas eran demasiado grandes para caber juntas en una banqueta.

La ocasión era importante, casi única, el teatro estaba abarrotado, ni un asiento libre, incluyendo los dos pisos de plateas y palcos. A mi lado, tres rusos enormes, que casi no entraban en la butaca, respirando el de mi costado como un búfalo. Pensé un momento, regocijado, a la vista de la edad media del respetable -que nosotros, ya añosos, contribuíamos sin embargo a rebajar-, que si encadenáramos las edades de cada uno de los presentes y las utilizásemos para retrotraernos a la antigüedad podríamos pasearnos fácilmente por el Cuaternario e incluso ir a darle unas palmadas en el hombro al Homo Antecessor, y preguntarle de paso si no está hasta la clava de tener a los pesados de Atapuerca todo el día picando encima de su cabeza. Pero bueno, la música clásica es un refugio de espiritualidad y una antídoto contra la Parca, que con los músicos tiene que echar el resto y ganarse el óbolo con el sudor de su frente bien perlada.

Yo nunca había escuchado en directo a estos dos pianistas extraordinarios, ni juntos ni separados. Los precios de los conciertos se han puesto por las nubes (pero, ay, las entradas se acaban rápido) y no muchos se prodigan por estos pagos (salvo la sublime Martha Argerich o su buen amigo Capuchon), que son plaza de segunda, pese a la importancia de Ginebra como vector de una importante actividad musical. De Kissin siempre me ha impresionado su aire de niño prodigio, que es lo que ha sido, con su pelo un poco afro, niño grande producto en parte de un padre que lo sentó apenas supo andar delante de un piano y no lo dejó levantarse hasta que fue una estrella. Le quedaron, pienso yo, de esa infancia dictada por las teclas quinquenales, unos tics nerviosos que exhibe cuando toca el piano, un bizqueo y un cierto mordisqueo de labio inferior, sumado a un aire algo desamparado, de ruso exiliado de facto. Perfeccionista y cariñoso con su colega de recital, como torero de plata que echa capotes perfectos sobre su compañero de liza, más mayor, llevó la voz cantante sin embargo. Sus muestras de admiración, insinuados abrazos y el cariño que prodigó al knighted pianista húngaro hecho vienés, de paso ya vacilante pero siempre perfecto y magistral, con su ironía un poco burlona y su exquisitez delicada, (que solo podía acabar casado con una japonesa, of all women, que imagino que lo mueve a soplos como el pan de oro, del diván y la cama hasta sus Kawais y sus Steinways & Sons, -¿o quizás Bösendorfers, como el del malogrado?-) fueron enternecedores, y deshacían un poco su imagen de frialdad mecánica, muy a la rusa, un poco estajanovista.

Si los pianos se suelen estacionar, cuando son varios, encajando una cola con la otra de dos en dos hasta formar un gran rectángulo, esa noche los habían dispuesto en paralelo, en una disposición equivocada, a mi juicio, no sé si por no hacer desaire al público alojado en la gradería de coro tras la escena, o por razones de acústica. (Por cierto, Schiff tuvo el detalle elegante de bajar él mismo la tapa del segundo cuando compartió banqueta con Kissin en un bis). El caso es que, como los pianistas no se sabían la partitura del todo, había en escena dos pasapáginas, un hombre y una mujer, que no hacían más que levantarse y sentarse para pasar y volver las hojas, con esa incómoda sensación de estar donde no les toca que tienen esos ayudantes siempre, que no pueden distraerse un minuto, como si fueran fundamentales para el acto y a la vez no tuvieran vela en ese entierro. Así que a los pianistas no les quedó otra que irse turnando, a cuestas cada pianista con su banqueta a cada cambio de obra, para ocupar el frontal del conjunto por turno. De esa manera, el escenario era un poco caótico, con demasiada silla, demasiada partitura y demasiada gente haciendo cosas alrededor de los dos pianos inmóviles, el segundo oculto tras el primero. Me imaginé, perverso, a Martha Argerich y Maria Joao Pires tocando el mismo concierto pero sin partituras, con sus pianos encajados uno frente a otro, como en una unión amorosa, y despejado el escenario de ayudantes, ambas regocijadas, y me invadió una cierta melancolía.

Tocaron primero una sonata para dos pianos de Mozart, la K. 448, que sonó bien, pero sin aspavientos, lo mejor el allegro molto final. Mozart, a veces, en sus obras más lúdicas suena un poco anodino, y cansa un poco, por intrascendente y juguetón. El Mozart viejo se perdió para la música, gran catástrofe. La interpretación fue excelente, claro. Luego tocaron el Andante y variaciones opus 46 de Schumann, que empieza muy bien y luego sigue un derrotero un poco confuso, para mi gusto. La verdad es que no sé si tocaron el opus 46, para dos pianos, o el opus 66, que es para cuatro manos, ni conozco la diferencia, supongo que será la amplitud de las octavas a repartir. Es una obra hermosa, sentida como todo Schumann, pero que no llega a la categoría de maestra. Pasada la primera parte y un descanso de veinte minutos, en los que la tromba hacia la cafetería, la lucha por una copa de blanco o prosecco y el aquelarre de próstatas rebeldes tratando de asaltar los baños fue de órdago, volvimos a los asientos a escuchar una versión estupenda del Moldava de Smetana, en realidad la segunda de las seis piezas que forman ese ciclo, Mi patria (Ma Vlast) para cuatro manos. Magnífica y alegre, llena también de melancolía, casi a la altura de su versión orquestal. Para acabar, los pianistas tuvieron la hombría de echarse al coleto nada menos que ocho danzas eslavas de Dvořák, 5 de la opus 46 y 3 de la opus 72. Una maravilla, especialmente, claro, las más conocidas, una de las cuales repitieron en un bis (la opus 72, núm. 2), con otros dos bises muy conocidos que no identifiqué. Un contraste entre dos escuelas de piano, la austro-húngara y la rusa, en la que el programa estaba ligeramente sesgado en favor de Kissin, que a sus 55 años tiene muchas energías por delante. Me quedé con las ganas de escuchar algo de Bach de manos de ese húngaro pasado por Viena que es como un metrónomo hecho carne amable, dotado a la vez de la elegancia y la gracia de un autómata del XVIII vuelto a la vida.

Una velada magnífica, pese a todo, que puso algo de sordina a la jornada funeraria.


Añadir comentario

Comentarios

Todavía no hay comentarios