En una de mis botellas de náufrago, (de las que lanzo a las aguas arboladas de la opinión mediatizada con la esperanza de que un puñado de almas gemelas comparta las razones de un particular que sigue con estupor el desarrollo de la vida política y no política nacional e internacional), expuse mi opinión sincera de que Pedro Sánchez debía seguir en su cargo y pensar a lo grande, con las largas puestas, no dejándose llevar por el día a día, que en España es un huracán de hechos y dichos grotescos, mal digeridos y peor explicados, bajo un chaparrón de voces y ladridos de gentes de dudosa catadura que recurren a "invadir la zona" mientras roban y expolian, o se proponen hacerlo, a manos llenas. El Presidente ha decidido otra cosa y bien está, si de lo que se trata es de coger el toro por los cuernos y morir en el empeño con honra. Pero, personalmente lo considero un error y una precipitación producto de la presión mediática y de los intereses de los grandes poderes mediáticos de este país, que esperan recibir el hueso que les caerá pronto de quienes los financian y espolean.
¿Se dan las condiciones hoy día en España para ir a unas elecciones en este clima irrespirable de odio, disparates y manipulación, evidente a nivel internacional a la vista de lo que ha pasado en America Latina en general y en Brasil en particular? Dicho de otra forma, ¿alguien recomendaría la celebración de una maratón en una ciudad sobre la que se acaba de expandir una fuga radiactiva o de gases venenosos? Por supuesto que no. Todo el mundo en casa y con las ventanas atrancadas.
Es evidente, para quien lo quiera ver, que la democracia parlamentaria, con todas sus debilidades y arrastrar de pies en todos los temas, con la tenaza de un voto popular decisivo que a menudo es producto de un exabrupto de un día de desahogo, con problemas como la vivienda, que es también resultado de una apuesta económica de país que no quiere prescindir, ni puede, de los 100 millones de visitantes al año, esa zafra española enloquecida, con los monopolios franquistas más afianzados y roqueños que nunca, ganando lo más grande, con la banca centrada en las comisiones y la especulación, abandonada cualquier pretensión de financiadora de la economía y del ahorro, con las fuerzas y cuerpos de seguridad crecientemente tomados por la ideología ultra, o los lobies de la privatización, eufemismo que oculta el mero asalto al Estado y sus recursos cuantiosos, trabajando a toda máquina), se ha transformado ya en una fachada de cartón, tras la que se esconde el navajeo que marca, por la puerta de atrás, el rumbo de los acontecimientos, y que carece ahora mismo de mecanismos para regenerarse y para combatir eficazmente la manipulación, los bots y la generalización del solipsismo ideológico y mental, enrocado y vociferante, provocado por los algoritmos. Es un nuevo clima, tóxico o letal según el paciente, en el que solo medran las especies más dañinas. En este descangayado estado de cosas, en esta efervescencia un tanto insomne y apremiante, los plebiscitos se convierten en un simulacro de póker en el que un jugador tiene las cartas marcadas. ¿Es posible un cambio de tendencia en la opinión de voto? Como dijo un reconocido estadístico: es posible pero no probable.
Estos siete u ocho meses hubieran servido para recomponer la unidad a la izquierda del PSOE, sin la cual no hay partido, para tratar de imponer calma y disensión y para crear las condiciones de unas elecciones más sosegadas y preparadas. El Gobierno de coalición ha hecho cosas, y ha intentado otras muchas, sin éxito por el "quítate tú para ponerme yo" de la oposición férrea, pero es más importante lo que ha impedido hacer que lo que ha hecho: no ceder a las fuerzas que quieren emputecer la democracia, sembrar el odio y asaltar lo público, alegando altas razones.
Ahora no estamos, desde luego, para asaltar los cielos. Estamos en la tesitura de asaltar solo el mero cielo raso y pelado de una vivienda de alquiler. Un gesto de táhur, un farol, puede salir bien o mal. Hay que tratar de que salga bien, pero lo más probable es que salga regular, tirando a mal. España y el progreso social es un matrimonio mal avenido, desde tiempo inmemorial. Y un gobierno medianamente sensato, producto de un cúmulo de coincidencias improbables.
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