Asamblea General Ordinaria

Publicado el 30 de septiembre de 2026, 18:09

Escuchando anteayer la intervención del Presidente de los EEUU no pude por menos que estremecerme con repelús de gato, no por lo que dijo solo, la consabida cháchara de un narcisista que reina indiscutible y jaleado entre los diversos orates del planeta, sino por el hecho de que, en el foro central de una Organización creada para combatir, y acabar con, el "flagelo de la guerra", un dirigente pueda decir lo que dijo, y con ese tono de padrino de película, sin que la sala de la Asamblea General se vacíe al punto y sin ser arrancado del estrado y sacado inmediatamente en volandas por los guardias de azul.

El Sr. Trump decía estar ante un dilema, a saber, si pactar con Irán y hacer de él un gran país, quizás el más importante de la región (se supone que arramblando previamente con sus reservas de petróleo) o aniquilarlo. Así, sin matices. Y lo decía con ese peculiar torcer de cuello y gesto de padrino mafioso que está a punto de ordenar a sus esbirros que le calcen un par de zapatos de cemento a un contrincante reducido y maniatado. A saber qué bombardeos salvajes estarán cebándose en el Irán milenario y su patrimonio inmenso. No sabemos mucho, los periodistas han demostrado tener más fronteras de las que querrían, sobre todo cuando han visto a sus colegas palestinos morir en masa. El país de la poesía acribillado doblemente por el país de un señor que solo sabe firmar, ufano de su rotulador morrocotudo. Luego amenazó a Latinoamérica y se jactó de su invasión y secuestro de Maduro y de la lección supone para el que piense en atentar con los intereses americanos en el sur del continente, unos intereses que cada vez está más claro que incluyen todos los recursos del continente. Que el mundo escuche las barbaridades de Trump o las mentiras inauditas y amenazas chulescas de Netanyahu sin hacer nada es síntoma de nuestra deficiencia moral colectiva. Cuando se da carta de normalidad a unos parlamentos públicos como estos se abona el terreno para la comisión de los peores crímenes.

Es este un Presidente que, con una jactancia repelente, silencia los datos más bochornosos de su desempeño económico y hace oídos sordos a su caída vertiginosa de popularidad entre el pueblo americano. Desprecia a la ONU pero acude cuando puede avasallar al mundo desde su tribuna, es entonces cuando paga la parte de su cuota (acaban de soltar estos días, para no perder el derecho a decir semejantes disparates ante la Asamblea General, 725 millones al presupuesto onusiano, y deben todavía 1.350 más, sin contar las operaciones de mantenimiento de la paz), una cifra que es el chocolate del loro comparado con lo que gasta en su terrorismo de Estado imperial contra países que no constituyen ninguna amenaza o traba a su existencia o actividad delictiva (231 muertos ya en ataques a embarcaciones en el Caribe; maltrato colectivo y estrangulamiento lento de 8 millones de cubanos porque no se alzan contra el régimen en el que viven; apoyo incondicional y abierto a un Israel enloquecido, etc). Trump se permite lanzar amenazas y avisos a la comunidad internacional conminándola a hacerle reverencias y a dejarse de democracia y de derechos humanos y a centrarse en lo importante: apoyar los intereses de los EEUU (y sus propios pingües negocios y los de sus familiares), país que arrastra una deuda megalítica (de 40.1 billones y subiendo), y pagar los platos rotos de sus políticas desquiciadas y sus algaradas bélicas, que sus propios acólitos rehúyen apoyar abiertamente, esquivándolas como Nosferatu los ajos, el crucifijo y la estaca.

Al mismo tiempo, o un poco antes, su vicepresidente, ese individuo inquietante de ojos azules y glaucos, inhumanos, afirma sin empacho, triunfal, que van a sacar ya a casi medio millón de ciudadanos americanos del Obama Care y que se proponen escudriñar los credenciales (entitlements) de 400.000 más, con lo que van a ahorrar, dice campanudo, 2.000 millones de dólares, más o menos lo que han gastado en combustible en la guerra ilegal y salvaje contra Irán (de un total de 38.000 millones, con algunos de los cuales ha subvencionado las algaras genocidas de su compañero de fechorías, el “ejército más moral del mundo”). ¿Cuánta historia es preciso no haber leído para pensar que un país, por más poderoso que sea, puede doblegar así a los persas?

Mientras, la ONU y sus organizaciones satélites llevan varios años boqueando en la asfixia económica más total. Afortunadamente, la Secretaría ha recibido un balón de oxígeno estos días con el pago de China (641 millones) y la contribución de los EEUU, pero la imprevisibilidad de la llegada de las cuotas y las condiciones impuestas por la primera potencia para hacer esos pagos han obligado a la supresión de contratos, eliminación de plazas por atrición y reducción drástica de los programas y las actividades en todo el mundo, lo que se suma a la supresión de la ayuda americana (USAID). Peor es el caso de las organizaciones del sistema. La OIT, en la que se prepara el despido de más de un centenar de funcionarios, se achanta ante la exigencia de EEUU de que se designe un vicesecretario general estadounidense, que presumiblemente hará de comisario político del Director General, un africano obsequioso con los fuertes que se enfrenta a una reelección pronto, en la que la española Yolanda Diaz, pese a su buen hacer como ministra de trabajo, no tiene casi ninguna posibilidad. La OMS, tres cuartos de lo mismo, ha debido reducir sus intervenciones y misiones de asesoría en medio mundo y expulsar a docenas de empleados. Y no digamos la UNESCO o la UNRWA y otras muchas. Una cosa es “pago si hacéis lo que yo digo”, bueno, se entiende, pero esta es la vuelta de tuerca trumpista: “haced lo que yo digo y gratis pues, de lo contrario, os freiré a aranceles u os invadiré como hice con Venezuela” u “os echaré encima un infierno”, como promete a Irán a de vez en cuando.

La ONU, organización de la que me considero todavía funcionario, bien que jubilado, ha sido, pese a sus muchas deficiencias y despilfarros, un logro histórico tanto de la Humanidad como de la humanidad a secas. Permite y facilita que la gente se vea y hable, que discuta y negocie tratados y acuerdos, que se tire los trastos a la cabeza y que se reconcilie, que reforme sus leyes a regañadientes y que se someta a los compromisos del Examen Periódico Universal (UPR en inglés) sobre su desempeño en materia de derechos humanos. La ONU es un gran foro mundial y la presencia física en las sedes de los delegados, políticos, funcionarios y miembros de ONGs es fundamental, porque se negocia en persona, se dialoga físicamente, se interactúa en las salas, en los comités y en los restaurantes, en los pubs neoyorkinos o ginebrinos e incluso, y, si se me apura, en los hoteles mismos. La ONU tiene de grande lo que tiene de humano y, por ende, de interacción humana entre culturas y economías diferentes. El trato mediando la informática y la interacción a distancia encastilla las posturas, enroca los prejuicios, blinda los instintos reaccionarios y sabotea lo factible. Y debilita o torpedea el interés por la Organización en todo el mundo, y las esperanzas que suscita.

Encuentro indignante que los líderes mundiales de países todavía cuerdos no se hayan puesto de acuerdo(s), a la vista de las políticas extorsionistas de los EEUU, para crear un fondo de emergencia con el que impedir que la Organización y sus organismos satélites se desangren y sus funcionarios (y colaboradores externos) se dispersen o vayan al paro. A fin de cuentas, 3.500 millones de dólares no es una cantidad exorbitante para un presupuesto anual ordinario (ni una deuda de 1.600 millones impagable para un país que debe 40,1 billones), dado el alcance global de la Organización y su plantilla numerosa: más o menos el precio de 35 cazas F35, o de entre 3 y 4 baterías de misiles Patriot con toda su munición. ¿A qué esperan los Estados miembros para reaccionar? Un fondo de reserva de 1.000 millones sería suficiente. Una Organización multilateral no puede vivir al día, entre alarmas, porque descuida su función e incumple sus objetivos.

Ojalá la próxima Secretaría General sea ocupada por una mujer, a ser posible independiente y con dinero que le permita, como a Boutros Ghali (sin segundo mandato), no ser chuleada o acoquinada y poder lanzar órdagos firmes para que las cosas cambien en la ONU. Antonio Guterres no ha sido, en mi opinión, un buen SG, aunque tampoco el peor, desde luego. Es un hombre afable, sensato y sensible a la injusticia, pero en él cala fácilmente el discurso del ahorro, que los EEUU no se aplican a sí mismos (de ahí el UN80). Ha tenido gestos importantes de oposición frente al genocidio palestino y al bullying estadounidense, pero no ha ido más allá, es de suponer que por falta de arrestos y medios legales. Quizás ha debido creer, aventuro, que a su edad y gozando de un segundo mandato que ya expira todavía tiene un futuro político en alguna parte. Tendría excusa, es lo propio de esta época bastante gerontocrática en la que la gente de 70 y muchos años todavía aspira (y, ay, consigue, como Farty Donald) llegar al "top of the world, Ma!", como clamaba el magnífico James Cagney (Cody) en White Heat mientras lo engolfaban (bello anglicismo) las rugientes llamas. ¿Qué se puede replicar a ello? Melville concluyó aquel célebre cuento suyo, sobre el bizarro empleado que se guiaba exclusivamente por sus preferencias a la hora de decidir trabajar o no hacerlo, con una genial y corriente exclamación: “Ay, humanidad!” (variante culta y sajona del maño “¡Animalicos!” ).

La ONU es una organización que nació con un pecado original: la configuración antidemocrática del Consejo de Seguridad con sus miembros permanentes y su derecho de veto, un órgano puesto además por encima de la Asamblea General, su foro más democrático (la primera ministra japonesa -sí, una mujer- defendió anteayer en la Asamblea la reforma de la Organización con valentía, poniendo el dedo en la llaga de la anomalía que constituye el Consejo; lo mismo hizo Pedro Sánchez en un buen discurso, que debe acompañar de más hechos tangibles). Los realistas afirman que el derecho de veto es lo que ha permitido que la ONU durase 80 años, y que la Organización debe reflejar el equilibrio de poder en el mundo, pero cuando el Sur Global y otras potencias no tan sureñas plantean que ese equilibrio hace mucho que ya no existe, que es otro, se quedan callados y pasan a otra cosa. Otros, los idealistas, afirman que la Organización debe regirse exclusivamente por los principios de igualdad democrática y los derechos humanos iguales para todos, a lo que los realistas responden que los EEUU jamás serían miembros de una organización que no puedan controlar a sus anchas (John Mearsheimer dixit). Bueno, pensamos algunos, pues que se den de baja. Siempre es mejor una organización de 150 países que empuñe y haga ondear un estandarte ético y jurídico, defendiendo el derecho internacional a ultranza, que no una de 193 que se convierta en irrelevante a ojos de los Estados y la ciudadanía a causa de su parálisis. No sabemos si sería el caso, el de abandonarla, de los otros miembros del P5. Su pertenencia a una élite privilegiada determina su fidelidad a la Organización.

El Secretario General ha tenido en su mano algunas herramientas para controlar el trato inaceptable, de portero de discoteca, que la ONU ha recibido por parte de algunos Estados, entre ellas la denegación de autorización en el seno del Comité de Acreditaciones (con el que vetar la presencia de indeseables en las instalaciones), pero no ha pasado de las quejas y las advertencias fúnebres y desesperadas. Que el Estado de Israel se permita asesinar a docenas de empleados de la UNRWA, organismo onusiano modélico, y demoler su sede en Jerusalén Este es escandaloso e inadmisible, y el Secretario General debería haber dado orden de prohibición de acceso del personal diplomático israelí a la Sede, aventurándose a una crisis de imprevisibles consecuencias con el país anfitrión, que, siendo mala cosa, por el peligro de implosión, es mejor que resignarse a la pura inacción y el lloriqueo. Nada de esto ha sucedido: hemos visto al representante del Estado abusador, un diplomático malcarado con nombre de marca de yogur, hacer trizas en directo una Carta e insultar a la comunidad internacional, amenazando de paso a Estados concretos, como el nuestro, cuyo Gobierno se atreve a cantarle las verdades del barquero. En la sala misma, este señor iba anteayer a encararse al representante de Irán ofreciéndole un starlink, al parecer para que el pueblo iraní se informe de las dudosas verdades que propugna Elon Musk, y sus esbirros tomaban nota en vídeo de las delegaciones que habían abandonado la sala al comparecer su Presidente, en busca y captura, quien sabe si para posibles represalias. Un delegado de Israel ha tenido que ser escoltado fuera del pleno, que no de la Sede, por haber insultado a otros diplomáticos. Esto ¿se puede hacer en la ONU? ¿En qué club no te echarían a la calle si te dedicaras a insultar y chulear a los socios? Los paños calientes han acabado por alimentar a un monstruo, un replicante que ha roto sus cadenas y siembra el terror en el mundo (véase el sospechoso vuelco político ocurrido, con la colaboración necesaria de Israel y su propaganda mortífera, en América Latina), sin que hasta ahora aparezca un Harrison Ford capaz de ponerlo fuera de combate.

Pero hay algunos motivos para la esperanza y se ven luces tenues y vacilantes al final de este túnel grotesco de tiranía, solipsismo, atraco al Estado y a lo público, milmillonarios ávidos y violencia gratuita y desacomplejada, con el fondo de una Unión Europea desmadejada y sin rumbo. Algunas potencias, entre ellas, paradójicamente, las menos democráticas, siguen creyendo en el multilateralismo, y los desórdenes y cuellos de botella en el comercio mundial son motivo de creciente alarma y llamamientos a la acción firme. Israel es un Estado paria sin paliativos y su apoyo entre amplios sectores del pueblo americano ha disminuido ostensiblemente. El mundo ha entendido qué clase de peligro representan las FDI bajo un gobierno racista y en plena huida hacia adelante. Milei ya empieza a gozar de la consideración de enfermo mental y el húngaro Orban es un mal recuerdo. Ya quienes votaron a Trump, castigando a la casta política percibida como "todos iguales" (otra idea clave de la propaganda), se han dado cuenta de a qué clase de botarate e indeseable han dado las claves del maletín nuclear, y se enfrentan a otra casta infinitamente más poderosa, la de los milmillonarios que, adivinados de que las fortunas incalculables no compran más vida, aspiran a la inmortalidad y están dispuestos a todo, incluso a cambiar de galaxia una vez que hayan arrasado ésta.

Ojalá los votantes americanos más sensatos, que son ligera mayoría (como en todas partes), salgan en tromba de sus casas en noviembre, arrebaten el Senado al abducido Grand Old Party y dejen al inquilino de la Casa Blanca sin opciones, condenado a tuitear sin descanso el resto del mandato, ocupado en sus flatulencias y delirios narcisistas. Sus votos, humildes papeletas, son temidos pese a todo. Lamentablemente, quizás no serán las consideraciones humanitarias ni la ética las que darán un vuelco a estas elecciones de mitad de legislatura, sino más bien el galón de gasolina a casi 5 dólares. “¡Ay, humanidad!”


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