Comprar tiempo

Publicado el 20 de septiembre de 2026, 9:26

¡Qué enorme desaguisado estratégico y diplomático el causado en Ceuta! Uno no deja de asombrarse de la forma trágica en que las circunstancias y los intereses de todo pelaje se han aliado para poner a España en una situación imposible, una coyuntura que ningún gobernante podría resolver sin dejarse un montón de pelos en la gatera, por más que se empeñe la derecha, y no digamos la ultraderecha.

Imaginar al señor Feijóo haciendo frente a esta catástrofe causa escalofríos. Pensar en Abascal, con sus bravatas incendiarias de barra de bar, en tal coyuntura podría dar lugar a un buen sainete, o a una tragedia, según se mire. Lo peor que le puede pasar al líder de Vox es que alguien le confíe, no ya una cartera ministerial, sino simplemente cualquier tarea seria. Para estos dos partidos, se diría que el único tema verdaderamente de Estado es echar a Sánchez.

Hay tantas teorías ahora mismo circulando por las redes que uno no puede sino preguntarse cómo, en estos tiempos de información omnipresente y excesiva, casi volcánica, al final tenemos que hacernos cábalas sobre un hecho que ha sucedido delante de nuestros mismos ojos. Sin embargo, la conclusión es obvia, sobre todo desde la rentrée política de hace unos días, con la nueva algarada callejera y nacionalista, excrecencia de una política que ya no parece caber en el Parlamento: el lazo corredizo que la oposición ha venido ajustando y apretando al cuello del Presidente (y su familia) se estrecha un poco más con esta “invasión”, esta vez con la ayuda de ciertos actores internacionales y sus proxies, que parecen haber llegado a la conclusión de que urge descabalgarlo del poder este otoño, ni un minuto más tarde. Los 140 chicos (y chicas) que han perdido la vida en este dislate ya no parecen importar a nadie. Más de la mitad de ellos yacen en el cementerio musulmán de Ceuta, en tumbas sin nombre, con bolsas atadas al pie en las que figura su ADN por todo viático a la eternidad. Paz a sus almas, jóvenes y crédulas. Hay granjas de bots trabajando sin pausa por casi todo el planeta y éstas son sus víctimas, que no importan a casi nadie. Daños tangenciales, secantes, ni siquiera ya colaterales.

Esta entrada tumultuosa y pacífica, aunque intimidante, ha causado satisfacción a medio mundo: a la administración de EEUU, porque desea acabar con una voz discordante que, aún sin molestarle demasiado, como el tábano al elefante, introduce una nota correcta y fastidiosa en la cacofonía obsequiosa de la actual dirección de la UE; también a Israel que, por razones obvias, está por la labor de descabalgar a Sánchez: pese a la relativa inoperancia del Gobierno español a la hora de transformar su defensa del pueblo palestino en hechos contantes y sonantes (con la tímida excepción de la llamada de la embajadora y las iniciativas particulares contra los colonos), España se ha erigido en una oposición firme a la imperturbable naturalización comunitaria del hecho genocida como acto compatible con la relación comercial UE-Israel, pese al texto del artículo 2 del acuerdo, bien explícito al respecto, a no ser que se acepte que el “ejército más moral del mundo” es capaz de realizar los actos más inmorales imaginables por una razón justa, como parece que piensa Alemania. El caso de Marruecos es más complicado, probablemente el Rey alauí entiende que con el PP/VOX en el poder las cosas se pueden poner más complicadas, al menos sobre el papel, y dio rápida orden de revertir máquinas de una operación que le vino impuesta, asustado, de ahí la rápida repatriación de más de 50.000 “invasores” en un tiempo récord. El antimarroquismo de la derecha extensa es tan pasmoso que lo lleva a apoyar a la RASD, que en el fondo le importa bien poco. El tema saharaui ha sido siempre una vocación de Izquierda Unida y aledaños, y un engorro para el PSOE. Se habla de una cierta oposición a Mohammed VI en el seno del majzen: cualquiera sabe. Quizás el aparato de poder marroquí prefiere una cuasi regencia con un monarca veinteañero, para mangonear mejor todavía a sus anchas. El majzen es tan hermético (al menos para un extranjero) como la sociedad marroquí, cosa del carácter nacional. Sí que parece, a juzgar por su intervención el Día del Trono, en el que resultaba difícil entenderle, que la capacidad del Rey Mohammed VI está bajo mínimos (y bajando). Y el heredero está muy verde: barbilampiño y confundido, perplejo y ausente, parece sumido en sus propios terrores ante la responsabilidad inmensa que le espera y que ve cada día más cercana.

El enderezamiento por España de las relaciones normalizadas con Argelia es un hecho loable, que parecía impensable hace unos meses. Los acuerdos de nuevos aumentos en el suministro de gas argelino sin pasar por Marruecos no han debido gustar a nuestro vecino del Sur, que ahora se ve obligado a comprarlo, una vez gasificado en España, a precios más caros. Como tampoco la concesión de la nacionalidad española a miles de saharauis, que se vota estos días. El sesudo y (probablemente) malintencionado dictamen de nuestro Tribunal Supremo sobre la distinción, más bien bizantina, entre la violación de fronteras según se haga de forma terrestre, marina o anfibia, ha acabado de enredar la cuestión. Este dictamen es criatura sietemesina, parida por un conciliábulo de juristas memoriosos aupados a una impunidad algo corsaria, que ni ellos mismos se acaban de creer, producto impepinable de los tejemanejes y componendas de ambos partidos con la Justicia durante la Transición y hasta ahora. El PSOE, en el reparto, se ha quedado con el Constitucional, que da mucho menos juego político que el Supremo, a la vista está. Las derechas estas cosas las dominan a la perfección. Tienen siglos de experiencia y la licencia política de nuestro expresidente, ahora golpista de guante blanco: “El que pueda hacer que haga”. Aznar empieza a recordar a aquel militar argentino de nombre turco, que afirmaba estar inactivo “esperando a que todo se pudra”. No es de descartar que quiera volver.

España se encuentra pues en un dilema irresoluble, un círculo imposible de cuadrar. La UE, pese a su propia legislación, no ve con buenos ojos el traslado de menores (ni menos aún mayores) a la Península, esta sí, territorio Schengen, al contrario que Ceuta y Melilla; las leyes europeas obligan a la no devolución en el caso de menores y personas con posible derecho de refugio o asilo; el Alcalde-Presidente Vivas, pese a sus primeros gestos loables contra los agitadores de todo pelo acudidos hasta en yate a defender la plaza, parece haberse rendido al fin a los cantos de sirena electorales que propicia el caso, así como a las delicias de su sobrevenida fama (con sus contratos a familiares de miembros de su gabinete incluidos), y torpedea los acuerdos sobre traslado de menores firmados con su compañero de partido el Presidente andaluz (¡cuánto teléfono hay entre bambalinas en la política española!); las autoridades marroquíes dan entrada libre a los inmigrantes en territorio marroquí, gran tentación de la derecha, que ignora olímpicamente el derecho comunitario; el Gobierno italiano, olvidando Lampedusa, impone una inaudita, por ridícula a todas luces, restricción a la libertad de circulación amparada por Schengen, sobre todo acicateada por el aliento fétido de un general, de aire tontorrón y de nombre Vannacci, con su mitin playero interminable, que ya anda por el 8% de intención de voto (un clavo saca otro clavo, non e vero?); el Gobierno del PSOE parece haber acogido con demasiada euforia la inicial colaboración marroquí y la salida de gran parte del contingente de descalzos y no haber sabido calibrar el problema que constituían aquellos jóvenes restantes sujetos a no devolución; la insolidaridad europea con España es vergonzosa, tras años en que los vecinos del sur han pagado religiosamente el alto precio de las políticas temerarias y otanistas de los países limítrofes con Rusia, unos vecinos que han copado importantes puestos de decisión en el seno de la UE. Nos quejábamos del eje París-Berlín, pero el eje Berlín-Varsovia está resultando mucho peor. No cabe esperar ayuda de calado por parte de la UE en este tema, al parecer, porque la UE ha optado, para vergüenza de todos, por la expulsión en masa y la subcontrata a terceros países de centros de internamiento y servicios de guarda fronteriza en el Sur, con sus acuerdos y subvenciones millonarias a los países originarios de inmigración ilegal (¡en qué manos acabarán esos millones! ¡Allah es más sabio!). Uno se pregunta si no llegará el momento en que Israel presente un plan "moral" de transferencia subvencionada de la población gazatí y la UE le dé su apoyo, con la nariz debidamente tapada, que es como se hacen las cosas en Bruselas últimamente. Por último, nuestra inveterada derechona, haciendo gala de la ruindad política que caracteriza a su actual dirección, cierra las puertas (orden de Vox) a la redistribución de los menores por las diferentes comunidades donde mandan ambos en coalición y decide aplicar una asfixia peligrosa que pone a la población ceutí en la tesitura de sufrir en carne propia los sacrificios que impone un interés espurio y ajeno, cual es el derribo de un Gobierno legítimo que no hay manera de tumbar, al parecer, por medios constitucionales.

Nuestro país, en lo que toca a sus posesiones africanas, tiene una magra defensa en sus acaloradas alegaciones de españolidad, que son recibidas con un silencio y una reserva poco halagüeñas en medios internacionales. Es normal que sus habitantes sientan esa españolidad de forma intensa y que la defiendan a capa y espada, y merecen todo el apoyo: es su vida la que han hecho allí, y son ejemplo además de buena convivencia entre comunidades. Pero toda persona algo versada en geopolítica intuye bien que, a la larga, esas ciudades, que son enclaves, acabarán absorbidas por la entidad estatal que tiene un control total sobre el territorio envolvente, cualquiera que sea el origen histórico de la titularidad española, máxime cuando la diferencia de renta es de 8 a 1. No lo veremos, desde luego, ni quien esto escribe ni muchos de quienes lo leen, que serán pocos, pero es un destino ineluctable, a largo plazo. Es probable que el numantinismo crezca de año en año, y que la radicalización nacionalista de parte de sus habitantes sea (ya) el resultado indeseado e inevitable de esa presión geográfica, que no se acalla con vallas ni policías (algunos, al parecer, violentos). Escuchar los abucheos a una ministra en Melilla da una idea de en qué terreno político anda ya una parte de su población, probablemente la que menos convive con españoles musulmanes.
Basta mirar a Tánger y su pasado cosmopolitismo de ciudad abierta. Hoy es una gran ciudad, especial en su carácter y población, de acuerdo, pero plenamente marroquí. ¿Y Alejandría? Idem eadem idem. Si los mismos ingleses, que no dan ni la hora, han tenido que soltar Hong-Kong, y antes la perla del Imperio Británico, la India (otra cosa son las islas, más resistentes al cambio de dueño en razón de su insularidad, lo que felizmente blinda las Canarias), imagínese a qué no deberá renunciar España, una potencia regional de segunda clase, que además arrastra importantes déficits en materia de defensa, frente a un Marruecos que se rearma a lo grande. Las dos plazas no cumplen además una función estratégica clara a la puerta del mediterráneo (aparte de ser sede de sendos Tercios de la Legión Española, esa tropa algo estrafalaria de inconfundible vocación colonial, cuyos modales y usos se compadecen malamente con las nuevas modalidades de la guerra moderna), y son caras, porque su mantenimiento como territorio extrapeninsular está plagado de subvenciones y suministros costosos, lo que crea intereses oscuros y atenta contra su defendido carácter de territorio nacional, en el mismo pie que Valladolid, como sostenía alguien hace poco, un tanto ebrio de ardores españolistas. Su papel como cabeza de puente durante la desastrosa aventura colonial norteafricana de España (por la que nuestro país debería algún día pedir excusas oficialmente en tanto que Estado, por más que Marruecos no haya tampoco sido muy clemente con el Rif) tampoco ayuda a defender con éxito su alegada plena territorialidad peninsular. De Melilla salieron y en ella se refugiaban los pobres españolitos (que no habían podido pagar su exención del servicio de armas) tras el Desastre de Annual, de terrible memoria colectiva, que pudieron salvar la piel en aquella masacre, producto de los errores militares del general Silvestre y sus mandos, incapaces de retener a una tropa que no sabía qué hacía allí y solo quería salir por piernas. Quizás una propuesta de futuras formas de cosoberanía permitiría a España no andar al rebufo en el norte de África, como ha hecho siempre, y obtener algo más que tiempo en sus concesiones sin contrapartida aparente a nuestro correoso vecino del Sur (por su dura política exterior y su weaponización de la población más humilde, que se inició con un zarpazo estratégico letal, propinado por Hasan II al régimen franquista moribundo con la Marcha Verde).

Marruecos, lejos de volcarse en convencer al pueblo saharaui, con hechos y derechos, de las bondades de su propuesta de Autonomía, se ha lanzado, con bastante ligereza, movido por su ansia de espacio vital (y los recursos asociados) en brazos de MAGA, y también de Israel (ahora firman el intercambio de embajadores, nada menos), y lo ha hecho apostando por el apoyo internacional sin calibrar debidamente la oposición sorda de su pueblo y las consecuencias de esa apuesta para su encaje regional, como país árabe y africano de primera fila (el más oriental de los países árabes pese a su ubicación geográfica), y vecino y socio prioritario de España (22.300 millones de balanza comercial), sin tener debidamente en cuenta las sombrías previsiones que ya se ciernen sobre el Estado israelí bajo su Gobierno actual y sobre la Administración estadounidense, con su índice de aprobación bajo mínimos a las puertas de unas importantes midterm elections (Donald Trump, en su desesperación, promete ahora 5.000 dólares por cabeza a cada estadounidense adulto si sale elegido, un gasto de más de 1.2 billones de dólares, recurriendo a una promesa sobada que ya ha incumplido antes dos veces). A lo peor, la caída en desgracia de estos dos "primos de Zumosol" acabe pasando factura al Estado alauí a corto plazo, y el referéndum sobre el Sáhara vuelva a la palestra onusiana otra vez con fuerza. Sería una situación incómoda para el Gobierno español, garante remiso de los derechos del pueblo saharaui, y no digamos para el marroquí. Pero la apuesta por el Gran Marruecos justifica cualquier afán o desplante, al parecer. La relativa incapacidad de seguir vertebrando y enriqueciendo el territorio y fortaleciendo el estado de derecho y el régimen de libertades parece encontrar consuelo en la posibilidad de multiplicar en un 60% la superficie nacional, aunque sea a costa de un daño reputacional importante y un descrédito notable, en su condición de Estado social, como los vistos en Ceuta con la avalancha y los muertos que su Estado ni siquiera reclama. El Rey Mohammed VI dio pasos importantes en aras de la apertura social y la mejora de la libertad política durante los primeros años de su reinado, pero parece ya agotado, atrapado por su propio destino ineluctable y su anhelo de evasión y descanso, aferrado a una existencia que se le escurre entre las manos. La sociedad marroquí, extremadamente dinámica y emprendedora, no encuentra espacios ni oportunidades suficientes para colmar sus expectativas y dar salida a los jóvenes, y la emigración forzosa y casi desesperada es el resultado aparente de esa imposibilidad, como también de las abismales diferencias de renta. Un cierto desarrollismo de las elites económicas no compensa los salarios de hambre ni la sanidad pública deficiente, ni el desempleo o la masiva emigración. La UE haría bien en promover mucho más el empleo y la inversión en un país que es socio privilegiado de la Unión, en vez de empeñarse en tirar por la vía muerta de la compra de la seguridad de unas fronteras cuya legitimidad acaba maltrecha en razón de ese mismo enfoque miope de un fenómeno como el migratorio (con sus derivas racistas, ultraderechistas e islamofóbas). La inversión y la deslocalización es la vegetación que sujeta las dunas e impide que la arena lo invada todo. España, por razones históricas y geográficas, sigue siendo incapaz de apreciar hasta qué punto Marruecos es un país de infinitas posibilidades y recursos, al que no se puede contener con vallas, boyas y malecones.
Pero en el plano internacional todo parece abocado al desencuentro y, pese a los importantes desafíos que tiene planteados Europa, o quizás por ello, caminamos como sonámbulos hacia la peor de todas las opciones: el reaccionarismo, el racismo y la cerrazón autista frente al Sur Global, enrocados con las negras en un tablero en el que nos van cobrando trebejos uno a uno, ante nuestra mirada impotente y desesperada, confiando solo en la autarquía y los líderes “fuertes” como único alivio a nuestra parálisis (véase el silencio cobarde del mundo democrático frente al embargo criminal, mafioso y salvaje a Cuba, país hermano de España, sumido en una descomposición política terminal).
El Gobierno español ha mostrado lentitud de reflejos en Ceuta, pero su enfoque ha sido el correcto: ni bravatas de taberna ni perejiles, sino prudencia diplomática y cumplimiento de la ley comunitaria. Ahora dicen que el Rey de España quiere viajar a Ceuta y Melilla y al Gobierno no le parece mal. Si el Rey, cuyas visitas suelen tener un vago tufillo de contrapunto de la política, trabajase menos por la preservación de la institución y más por cumplir el artículo 56.1 de la Constitución mejor nos iría como país. Si en España no hay que mediar entre las instituciones ya me dirán dónde. La visita sería un respiro para los ceutíes y melillenses, con los esperables desahogos ultramontanos e insultos al Presidente, y una advertencia a nuestro vecino, pero una visita no cambiará las realidades sobre el terreno. Seguiremos comprando tiempo.


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