Hace exactamente 25 años, el martes 11 de septiembre de 2001, salí a las 9 menos cuarto de casa, como todos los días, para dirigirme a mi trabajo en el piso 14 de la secretaría de las Naciones Unidas. Mi hijo andaba con su niñera paraguaya, que se lo había llevado al parque de la Primera avenida con la 35, y mi hija no había nacido todavía, pero estaba en camino. Mi mujer llegó algo después.
Era un día límpido, de esos que le hacen a uno detenerse a pensar hace cuánto no ha salido una mañana como aquélla y qué consuelo aquel solazo era tan grande por el verano que se batía en retirada y el frío helado y las galernas que nos esperaban. La intensidad de la luz y la transparencia del aire eran extraordinarias, y en ningún momento se me ocurrió ni por asomo la idea de que más de 3.000 personas de todos los colores de piel, procedencias y lenguas maternas estaban haciendo lo mismo que yo ese día, pero que, al contrario que yo, ya no volverían a casa, ni a casa ni a ningún sitio, porque sus cuerpos quedarían triturados, junto con el mobiliario y los ordenadores sobre los que la mayoría se afanaban (justo como yo), en esos dos gigantescos blenders que acabaron siendo las Torres Gemelas tres horas más tarde, no dejando a sus seres queridos ni un rastro siquiera de lo que fuera su corpóreo armazón, salvo un vago olor, incisivo, entre eléctrico, pegadizo y funerario, que se ensoñereó de Manhattan durante muchos días por venir a lo largo de ese septiembre, más negro que ningún otro.
A las dos cuadras me crucé con nuestro Super (el gerente del edificio), un italoamericano de nombre John Iuzzini, amante del golf y la pesca, y votante republicano, al que yo apodaba la Fontana de Trevi, porque tenía él la convicción de que nada más verlo había que empezar a rociarlo de monedas, a ser posible de un dólar. Volvía de sacar al perro, un caniche de malas pulgas con el que iba a todas partes en sus recorridos por la torre de 20 pisos en que vivíamos. Nos saludamos con un goodmorning seco y una mueca y seguí mi camino. Al llegar a mi despacho, mi compañero de oficina Chema Perazzo, que tenía un pequeño transistor, me habló de un avión pequeño, que se había estrellado contra una de las torres. Estuvimos escuchando, todo era muy confuso. Nos venía a la memoria el avión de combate que durante la Segunda Guerra Mundial se había estrellado en el Empire State. Al instante, el segundo impacto disipó todas las dudas. Eran aviones de línea. Al poco, recibimos instrucciones a través de la megafonía del edificio, pidiendo que todo el personal bajase a los sótanos. Supongo que en las Naciones Unidas alguien con mando en plaza pensó que a lo mejor había también un avión reservado para ellas, una idea no tan descabellada como pudiera suponerse. Recuerdo los ríos de funcionarios bajando por los ascensores y las escaleras mecánicas que llevan a los bajos del edificio. Acabamos muchos en el café Vienés, un regalo de Austria, si no me equivoco, con sus mesas vagamente jugendstil y sus sillas y bancos algo incómodos. Allí había dos o tres pantallas grandes con la CNN transmitiendo a todo trapo escenas entre fantásticas y oníricas, de película de catástrofes, que no hubiera desdeñado el propio Orson Welles en su famosa trasnmisión de la Guerra de los Mundos, de H.G.Wells. Se veían las torres con sus fumarolas y todos estábamos perplejos, lo que no nos impedía, sin embargo, pedirnos un café y comentar excitados, con una risa nerviosa, lo que estábamos presenciando, entre la incredulidad y el pavor. Aquello era imposible de asimilar. Al poco, la pantalla cambió y vimos cómo un tercer avión había había impactado en el Pentágono: se veía el rastro humeante de su carlinga arrastrada por los jardienes y el impacto final en toda una sección del edificio, con una de sus cinco esquinas derruida. Luego escuchamos noticias de un cuarto impacto, este vez en el suelo, de un cuarto avión, y nuestra estupefacción y horror ya no tuvo límites. El ser humano no puede asimilar cuatro accidentes de avión en una hora ni menos cuando se palpa a todas luces su intencionalidad.
Hacia las once y media, nos mandaron volver a casa. Los metros no funcionaban ni los buses tampoco, lo que no nos afectó para nada, viviendo a solo 10 cuadras del trabajo. Conseguimos que nuestra niñera volviese con Martín y nos metimos en casa, bastante asustados. Esperábamos oír abundante trasegar de sirenas y ambulancias, pero no hubo nada de eso. Solo silencio por las avenidas, como cuando caía una gran nevada y el tráfico se interrumpía. Salí a hacer unas comprar a Dagostino y me sorprendió el silencio. Todo el mundo estaba callado en las filas de las cajas. Solo a la salida, en un pub, vi que la cerveza corría y que los empleados de empresas vecinas, sorprendidos agradablemente por un día de fiesta no esperado, trasegaban pintas y hablan fuerte, a veces entre risotadas. Todo era muy extraño. Luego esos empleados, en mangas de rutilantes camisas blancas arremangadas, emprendieron viaje de varias horas andando por las vías rápidas y los túneles que llevan a sus lejanos suburbs y barrios. Todo Manhattan era un peregrinar de gentes enchaquetadas, de mujeres con los zapatos de tacón en la mano, calzadas con unas zapatillas que debían de guardar en los bajos de sus cajoneras, con aire contrito, fastidiado, angustiado, según cada cual. El sol seguía radiante, tan solo se veían dos penachos de un humo negro como el carbón en el cielo límpido, y vuelos de helicópteros incansables, que sobrevolaban la ciudad con su ronroneo.
Se corrió la voz de que a partir de Canal Street hacia el sur ya no se podía pasar, por lo que no me aventuré a salir en todo el día. Al caer la tarde, ya había un olor acre, pesado, mortal, informático, de cables y plásticos, forense, de restos humanos pasados por un gran cedazo, que cubrió toda la ciudad y que era imposible de desalojar, especialmente de los baños, que en mi casa carecían de ventana. El polvo no llegó hasta Midtown, afortunadamente. Nos mandó recado con ese aire acre y funerario, que nos tuvo tosiendo y sonándonos varios días.
En Union Square, a donde fui (no recuerdo si trabajé ese miércoles o si fui en realidad el sábado y la memoria me engaña) a por frutas y verduras como hacía de costumbre, vi una enorme profusión de carteles, simples folios clavados en los paneles y los árboles, con fotos, impresas a color en casa, en las que aparecían hombres y mujeres desvaídos. Sus familiares pedían datos sobre su paradero. Era un gesto patético, desesperado: todos sabían que quien no apareció en su casa a la noche y estaba en las Torres había perecido sin remedio. Los hospitalizados eran contados. Pero aquel gesto parecía dar un cierto consuelo que aliviaba la comprensible desesperación de aquellos familiares. Recuerdo la plaza moteada de aquellos anuncios como botellas arrojadas por náufragos sin esperanza.
Al cabo de unos días se empezóa hablar de Afganistán. Todavía no de Iraq. Recuerdo, a la semana, que estando en la cola de pagar de Tower Records (hoy desaparecida, creo), un ser medio demenciado se coló y, ante las protestas de los que hacíamos cola, declaró con aire de orate: "Mañana por la noche puedo estar en Afganistán". No dijo que iba a ir o que estaría, dijo "I might be in Afghanistan". Las torres -bueno, sus impresionantes huecos- ya humeaban débilmente. Luego se supo que 19 hombres, entre ellos el tal Mohammed Atta, un egipcio de buena familia ebrio de odio y de determinación a partes iguales, y el resto de atacantes, saudíes, habían estado entrenándose para volar en una academia de vuelo, sin que les preocupase mucho lo de aterrizar o despegar. Solo querían saber volar. Y vaya que aprendieron.
Cuando pienso en ese horrendo atentado, en esa obra maestra del Mal Absoluto, y lo hago a menudo, la cabeza se me disocia en dos partes, como desconectadas entre sí. Por un lado, pienso en los desmanes de los diversos Gobiernos de los EEUU y su obsesión criminal con el mundo árabe desde la caída de la URSS, y en cómo el medio millón de muertos en el criminal embargo iraquí y el apoyo incondicional al Estado israelí, esa cabeza de Gorgona que EEUU pasea de vez en cuando por Oriente Medio, explicarían, que no justificarían, aquella matanza, y que los EEUU merecían hacía tiempo un escarmiento. Pero luego pienso en los 340 bomberos subiendo resignados y corajudos por unas escaleras interminables y llenas de humo hacia una muerte segura, en los miles de actos heroicos de aquella jornada siniestra, en quienes prefirieron el vacío a una muerte en la hoguera del queroseno, en todas esas víctimas y en sus familias destrozadas, en los trabajadores, muchos de ellos latinos, que se afanaron sobre los escombros y acabaron muriendo de mil enfermedades, en todos los que, como yo, solo iban a trabajar, y acabaron disueltos en el aire, y entonces me avergüenzo de pensar lo primero. Y la única conclusión a la que llego es que el 11 de septiembre no ocurrió en un vacío, y que algunos gobernantes hacen y deshacen, cometen sus desaguisados y sus crímenes legales, y es la buena gente la que acaba pagándolo con su modesta vida, dejando un vacío inmenso entre los suyos y ese olor acre y turbador por todo rastro de su breve paso por este mundo de locos.
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