Manuel Martín Bueno

Publicado el 12 de agosto de 2026, 9:47

Me ha embargado la tristeza, desde hace unos días, durante mi largo viaje por carretera de Ginebra a Madrid, por la inaceptable y seca noticia del fallecimiento temprano e inesperado (al menos para mí) de Manuel Martín Bueno, catedrático de Arqueología, Epigrafía y Numismática en la Universidad de Zaragoza hasta su jubilación hace unos años y emérito después, amén de profesor de otras universidades españolas y extranjeras, una personalidad singular, entrañable y de una capacidad innata para el optimismo, la proactividad y la superación fuera de lo común, amén de pionero de la arqueología subacuática española, que ejerció incluso en una expedición antártica, patrocinada por Petronor -junto con el amigo también prontamente llorado, Jesús Liz-, al menos hasta que el corazón le dio algún aviso severo. El profesor Martín Bueno es autor de una bibliografía arqueológica inmensa, pero yo quiero recordar a la persona.

En la vida de toda persona hay unos pocos profesores que lo han marcado para siempre, y a los que uno no podrá olvidar hasta que le llegue "lo fatal", como decía Ruben Darío. En mi caso, tuve un primer gran profesor a nivel preuniversitario, don Serafín Agud Querol, Catedrático de Griego del Instituto Goya, rosariño descendiente de exiliados, de deslumbrante inteligencia y genio vivo, hombre de mil sabidurías y gran pedagogo, que nos enseñó a amar la lengua griega, y dos en la Universidad de Zaragoza, Manuel Martín Bueno, aka Manolo, y Federico Corriente Córdoba, catedrático de Árabe y autoridad mundial en andalusí y muchas otras disciplinas, así como políglota pasmoso e inverosimíl, fallecidos ambos a la misma edad (80 años), este último hace ya más de cuatro.

Fue precisamente Serafín Agud quien una tarde de COU nos llevó unas cuantos a la Facultad de Filología a escuchar una conferencia de un profesor de Historia Antigua, que resultó no ser otro que Manolo (aunque el tiempo, que todo lo difumina, me hace dudar si en realidad no fue Guillermo Fatás, que era ya catedrático entonces, creo, allá por 1977). En otoño, tras matricularme en historia (yo quería ser egiptólogo, una pretensión ilusoria en la España de entonces), lo tuve en primero impartiendo Historia Antigua, y fue una revelación que dejó medio en la sombra al resto de docentes. Yo entonces era un alumno que se negaba a tomar apuntes, así que ahí me tuvo todo el curso mirándolo fijamente mientras él peroraba sobre sumerios, romanos y asirios, al tiempo que a mi alrededor las cabezas agachadas se afanaban, entre cigarrillos y humaredas, en esa actividad tan medieval que era eso de tomar notas apresuradas de lo que estaba claramente impreso en los libros. Andando el tiempo, en una temporada de excavaciones en Bílbilis, donde pasábamos los meses de julio entre picos, palas, madrugones, carretillas y cerámicas, Manolo comentó esta anécdota sobre mi contumacia escuchadora divertido en una pausa para el almuerzo. Al final del curso, le hice un trabajo en el que traduje medio papiro egipcio con buena caligrafía jeroglífica y me dio una matrícula de honor, no sé si muy merecida. No me tomó a mal que no transcribiera aplicadamente sus lecciones como todo el mundo.

Manuel Martín Bueno veía la vida y la arqueología con una buena dosis de humor, y creía firmemente en la docencia, a la que estaba entregado, cosa no siempre frecuente en la universidad de entonces. Llegó a formar un grupo de discípulos verdaderamente impresionante, que abarcan todas las especialidades de la arqueología. Tenía una cercanía y una campechanía para con nosotros, pobres pardillos que veníamos con el pelo de la dehesa, medio acojonados de entrar en el Alma Mater, que era más bien inédita en aquellas universidades repletas de egos tremedundos y de solemnes cátedros, que hablaban a veces de sí mismos en primera persona del plural. Aun recuerdo una noche de celebración, en la que acabamos todos a las tantas comiendo jamón en un chalet de sus padres, a las afueras de Zaragoza.

Yo acabé decantándome por la Filología Semítica, que empecé al año siguiente, pero el hecho de seguir cursando historia hasta casi acabar la diplomatura me permitió continuar frecuentando las excavaciones de Bilbilis, que creo son el legado impresionante que deja Manuel Martín Bueno tras una vida de dedicación y docencia, contra viento y marea, sacando dinero de debajo de las piedras, literalmente, en la pequeña ciudad romana de orillas del Jalón, patria chica del gran Marcial. ¡Cuánto disfrutamos y aprendimos en aquellas campañas de verano, en donde no solo pudimos trabar contacto con los habitantes de Huérmeda (gente magnífica que nos maravillaba con su habla maña y sabrosa, casi morisca, y su sentido del humor, pese a su vida pobre y enormemente digna, con sus amadas caballerías, martirizadas por los tábanos al sol, y sus atillos, de donde sacaban sus navajas y sus pedazos de tocino), en cuyas escuelas de la España entonces ya vaciada nos alojábamos! Pero no solo eso, además, lo pasábamos en grande, bajo la dirección entre paternal y fraternal de Manolo, siempre exquisito en su respeto de todo el mundo, pese a las intimidades y las admiraciones que en esos espacios de convivencia continua inevitablemente se generan, y a los escarceos y enamoramientos, pasajeros o duraderos, que allí se fraguaban entre alumnos, o incluso sobrellevando con liberalidad las melopeas adolescentes de fin de semana, que Manolo, a veces ayudado por su encantadora esposa e historiadora del arte, Marisa Cancela, se afanaba en aliviar a pie de obra, a base de calmantes y eméticos. Todavía recuerdo vivamente un viaje azacanado y nocturno en su citroen GS azul, llevando a la Casa Grande, el hospital zaragozano de referencia, a un alumno que se había partido una pierna jugando a ese juego salvaje de entonces, conocido como ¡churro va! Pese a todo, íbamos en el coche bromeando, para quitarle hierro a quien intuíamos que debía de pasar por el quirófano, vista y oída la fractura con su crujido impresionante.

Me cupo en Bílbilis el privilegio de ayudar a Maite Amaré y a Jesús Liz, ambos idos demasiado pronto, en la excavación de las termas, que dibujábamos con paciencia, piedra a piedra, en las mesas de los paralés, las escuadras y los rötring, hoy devenidos objetos de museo. Luego, andando el tiempo, cuando Manolo ocupó la Subdirección Nacional de Arqueología, tuvo la enorme gentileza de conseguirme una plaza (vamos, de enchufarme, sabedor de mi pasión por la egiptología) para la campaña de 1984 en Heracleópolis Magna, cerca de Ihnasia al-Medina, dirigida por eminencias de la incipiente egiptología española como Carmen Pérez Die y Josep Padró, en la que durante cuatro meses casi hice un poco de todo, aprendí bastante y, a ratos, estorbé más que ayudé, me temo. Vino a Egipto a visitarnos, y lo recuerdo sentado en el lobby del Hotel Shepheard de El Cairo, departiendo con los jefes de la misión y nuestra inspectora de Antigüedades, entre tés y pepsicolas, siempre de buen humor.

Aún me envió al año siguiente de misión a Gerasa, la impresionante ciudad romana de la Decápolis, en Jordania. Antes de viajar, fuimos en coche oficial juntos al Palacio del Pardo a ser recibidos por el rey Hussein de Jordania y su bella esposa americana. Recuerdo que se había preparado un enorme libraco de regalo, escrito en español y árabe, sobre la misión, tamaño A1 por lo menos, que tradujo diligentemente mi buen amigo Elias Hayali y caligrafió un afamado jattat que vivía en Madrid. Como yo vacilaba a la hora de acarrear el imponente libraco, como lógicamente me tocaba por ser el último mono allí, él, sin pensarlo dos veces, se lo puso debajo del sobaco y abrió el cortejo en dirección a la sala de recepción, para mi bochorno. Ése era Manolo. Allí departimos brevemente con el rey Hussein y señora, y no olvido sus ojos, extremadamente despiertos, inquisitivos, fuerte, casi membrudo, pese a su monárquica estatura, más bien modesta, matizada por las alzas que vi que usaba.

Luego, como dijo el poeta preislámico 'Adi ibn Zayd, el Tiempo nos desbarató, "mandándonos tras la vida de un estado a otro", y dejé de frecuentarlo, de momento, pensaba, para siempre, se decreta ahora. El pudor del hijo pródigo de una carrera que abandoné sin ceremonias, pese a que lo que habían invertido en mí, y el apuro de anunciarme tras mucha ausencia y distancia, sumados al exilio laboral fuera de España, hicieron el resto. Ahora, ya mayorcito, por no decir zumbando para viejo, como cantaba Paquita la del Barrrio, me entero por los periódicos de su muerte, y como siempre, me siento entre culpable y desdichado por no haberle podido expresar en vida mi agradecimiento y mi admiración sin límites. ¡Descanse en paz y larga memoria, Manuel Martín Bueno! Tú, que removiste hectómetros cúbicos de tierra para que emergiese esplendorosa la Bílbilis de Marcial ¡sit tibi (ipsa) terra levis!


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