Del delito de fraternidad

Publicado el 19 de julio de 2026, 9:26

Uno venía oyendo hablar de David Sánchez Pérez-Castejón desde hacía tiempo, como me imagino que le pasaba a mucha gente. Un rumor de radio, de noticias, una de tantas presas incautas, pensaba yo, de esa checa 2.0 consentida por la judicatura, que se hace llamar a sí misma Manos Limpias, o de sus primos de Vox. Es el hermano del que es Presidente ahora, que no lo era en 2017, ni siquiera Secretario General del PSOE, cuando se produjo su contratación en Badajoz, que luego saltó a la luz gracias a una denuncia de ese grupo de extorsión mediática y judicial.

Uno imaginaba o intuía, por ese hábito que uno va cogiendo en España de pensar mal de la clase política, que sería el típico hermano desocupado y algo calavera de persona con mando en plaza al que le han buscado una prebenda para que siente cabeza y pueda dejar de dar tumbos por aquí y acullá, poniendo en peligro la reputación o probidad del cargo electo. Casos hay a patadas, sin ir más lejos, el hermano del Guerra, la señora del Presidente de la Comunidad Valenciana o la hermana del Presidente Moreno Bonilla, al que sus socios de coalición llamaban cariñosamente hasta hace poco Moruno Bonilla (¡ah, el ingenio nacional para la sátira!), Dolores, que ocupa un puesto de directora del Conservatorio de Danza en Málaga, pese a su currículo más bien discretito, un proceso que sí se ha denunciado administrativamente, al contrario que el del llamado hermanísimo. Nada indica que dicha señora no sea competente en su trabajo. No es esa la cuestión, como tampoco con el hermano del Presidente. La cuestión es la culpa de fraternidad, en ambos casos. Y si deben de beneficiarse de la presunción de inocencia en la misma medida.

Luego, ese rumor sobre el tal David se fue convirtiendo en ruido y más tarde en fragor, a medida que se acercaba la fecha del juicio. Al fin, empezaron a salir datos objetivos del personaje, y oh, sorpresa, se supo que había dejado una carrera de economista para dedicarse a la música, que había estudiado en EEUU, en Italia y en Rusia, en el Conservatorio Estatal de Música de San Petersburgo y que hablaba algunos idiomas, entre ellos el ruso (algo de lo que cuesta semejante empeño sé, tras varios años de estudiarlo con ahínco y sin resultados muy halagüeños), que había tenido premio extraordinario en composición y dirección operística y había llegado a tener un puesto directivo en el Instituto Mikhaylovski de esa ciudad. De su buen desempeño en el puesto han hablado decenas de testigos en el juicio, cuyos testimonios el tribunal descarta por tratarse de personas "sometidas a una estructura jerarquizada" (¡ahí queda eso!). Los togados sí prestan la máxima confianza al teniente coronel Balas (¡qué película haría Berlanga con esta historia!), que supongo serán de plata, a juzgar por lo solicitado que está este señor (¡Y qué caro está el coronelato en la Benemérita, por Dios! ¡Cuánto hay que rebuscar! ¡Nada personal, chicos!). El tribunal ahora habla de absentismo (¿durante siete años?) y de que el imputado se dedicaba a la ópera y dejaba de lado la dirección orquestal. Debe de tratarse de un tribunal de abonados a Scherzo. Sin embargo, de tal manera quería hacer carrera al margen de la sombra de su famoso hermano que se cambió el apellido, pasando a llamarse David Azagra (quién sabe si en honor al músico aragonés Juan Azagra Vicente). Los apellidos lastran más que dar alas. Uno empezaba a preguntarse si no sería tal vez este benjamín el que había recomendado a su hermano mayor para ocupar la Secretaría General del PSOE...

Bromas aparte, pudimos verlo en el juicio, con su aire serio, algo ausente, vivo el ceño, entre perplejo e incómodo, sentado en su butaca demasiado pequeña para su estatura con un papel grapado en el respaldo con su nombre, a guisa de capirote, con otros 12 o 14 encausados más, apesadumbrado por una desdicha inapelable del destino, respondiendo con su silencio insondable a una culpa fraternal que en ningún caso podía esquivar, con ademán vagamente rachmaninoviano, ojeroso, negando con ambas manos al final enérgicamente la oportunidad de decir una última palabra antes de serle impuesto el dictamen judicial, que ahora hemos sabido de inhabilitación por 9 años.

No cabe duda de que España ha sido y es un país de inquisiciones. De ahí que la carrera judicial esté punteada de servidores memoriosos de la ley escrita que no hacen ascos, de vez en cuando, a un buen auto de fe, moderno, incruento, sin estacas ni llamas, un auto de fe mediático, que persigue más altos fines, ante los que no queda otra que sacrificar a las personas, a menudo simples viandantes, especialmente a aquellos cuyas caras de buenas personas los convierte en víctimas propiciatorias de esta modalidad de tormento con fines de erosión política. Es el nuevo, y no escrito, Manual de Inquisidores, sancionado por el Torquemada de FAES: el que pueda hacer... "¡Vaya marrones que nos caen!", deben de exclamar, en la pausa del café, ajustándose las puñetas, los aplicados funcionarios, que condenan por prevaricación prevaricando, muy a su pesar, imagino, fastidiados y a la vez orgullosos de haber podido evitarle la cárcel al condenado, ellos magnánimos.

Es bastante patético el esfuerzo de tantos periodistas y tertulianos por conceder cierto fundamento a toda esta farsa judicial, sin excluir a algún periodista de El País, que hace tiempo que se está preparando para un cambio de aires, que su dueño debe considerar impepinable. Todos estos procesos contra la familia del Presidente han quedado un tanto desvaídos tras la aparición de verdaderos casos de caza mayor (Ábalos, Leire, Zapatero...) y ahora aparecen en las playas de la administración de justicia un tanto desdibujados, como restos de un naufragio devueltos a la realidad de la justicia por la resaca del último e intragable naufragio electoral del PP. Es la continuación de la política por otros medios, ahora mediáticos, como afirmaría Clausewitz de levantarse de su tumba.

Ante la imposibilidad razonable de deshacer entuertos de este calibre mediante un acto supremo de insubordinación constitucional, quedando solo el calvario cuasi perenne de la lenta peregrinación minuteada por las instancias superiores, no cabe sino recomendar al Sr. David Sánchez Pérez-Castejón, aka Azagra, que vuelva a su música (A cuyo son divino el alma, /que en olvido está sumida, / torna a cobrar el tino y memoria perdida / de su origen primera esclarecida) y que porte "as a badge of honour", como una distinción honorífica, la prohibición de trabajar para un Estado que alienta o consiente a ciertos de sus servidores, con luz y taquígrafos, semejantes desafueros.


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