Feria del Libro de Madrid

Publicado el 18 de junio de 2026, 8:31

De la Feria del Libro de Madrid me traigo tres o cuatro cosas, todas estupendas. Quién sabe lo que me traería si no me hubieran derrotado y hecho batirme en retirada el sahariano calor madrileño (yo siempre mal vestido para la ocasión y tirando de una mochililla con catálogos prendida de un hombro) y la enormidad de la apuesta, más de 340 casetas con miles, qué digo millones, de ofertas suculentas.

En España se edita salvajemente, y a mí me parece pero que muy bien. La cultura es un bullir apabullante e inagotable, qué importa si es o no rentable. El auge de las editoriales pequeñas es una bendición que ha hecho elevar la apuesta en todo el panorama editorial. Son además un torpedo en la línea de flotación de las grandes y su política de promoción salvaje y de toma torreta de best sellers a la puerta de las librerías, con sus escaparates comprados o alquilados.

En primer lugar, eché mi modesto garfio de tahúr bibliofílico y lector pasable sobre la recopilación de conferencias de Borges (1960-1985), de la mano de Sara Luisa del Carril, charlas de ocasión siempre amenas, geniales por su sencillez magistral, iluminándonos sobre el Martín Fierro, el arte gauchesco, la verosimilidad de Shakespeare como autor indiscutible de su obra, el Libro de Job, siempre tan insepulto entre las páginas tremebundas de la Biblia, y perorando de mil cosas más, entre ellas una conferencia excelente sobre literatura fantástica. Hurra por Alfaguara, que además consigue sacar volúmenes bellos y cómodos de leer a precios imbatibles. Cuando edita alta literatura, nos reconciliamos con la aquella editorial de las portadas azules de sus inicios. Me acercaré a la tumba de Borges en el cercano Cimitière des Rois a hacer una reverencia. Loor a los muertos vivientes.

De Tusquets, han vuelto a editar (con una portada no sé si tan buena pero más efectiva) el volumen de Somerset Maugham sobre diez grandes novelas y sus autores, de Moby Dick a Cumbres borrascosas, pasando por el Tom Jones (del cual tengo una edición extraordinaria, magníficamente impresa en Paris por Fermin Didot en 1780, que me costó en Nueva York la bagatela de 30 dólares: aquellos eran otros tiempos) y llegando a los Hermanos Karamazov, con varias obras maestras más entre medio. Siempre me gustó Maugham, desde que leí de chico Servidumbre humana, La luna y seis peniques y El filo de la navaja, en ediciones baratas de Bruguera Libro Amigo, y todavía recuerdo el gran placer de leer sus diarios (bueno, A writer's notebook), en alguno de mis múltiples viajes en tren de Tánger a Casablanca, en una edición de Penguin barata, mientras veía de reojo, en pausas, amodorrado, por la ventanilla de mi compartimento, ese paisaje marroquí, punteado entonces de las bolsas negras de la compra que, dispersas por el viento rifeño, sembraban los cultivos y aduares a lo largo del trayecto. Son diez ensayos agudos y heterodoxos, que conviene leer con atención, porque un enorme novelista como Maugham (junto con Evelyn Waugh, genios de su generación) tenía sus opiniones sobre el tema, siempre muy de tener en cuenta, sobre todo en lo que respecta a la necesidad de interesar al lector, de ahí sus peros al Ulises. Un volumen que es pura delicia. Parte del maná letrado que esparció con mano generosa la recién fallecida Beatriz de Moura, la misma que decía aquello de que "el marketing es para las neveras".

De Santiago Alba Rico me he traído su "Elogio de la literatura. Obras paralelas." Es un volumen de 550 páginas al que solo he acertado todavía a hacerle alguna cata puntual y que me ha hecho segregar mucha saliva literaria, reflexiva e inteligente, como es este señor que vive en Túnez, razón de más para suscitar mi admiración, y que desde allí contempla lúcidamente esta España en continua gresca. Un pasaje que he leído sobre su intrépido viaje a Bagdad en víspera inminente del ataque americano en 2003 y su encuentro casual con un tal Manuel Asensio, que cree a pies juntillas que Saddam Hussein es su última esperanza para recuperar su parte del BBVA, que le han dejado en herencia, me ha hecho reír copiosamente y espero mucho de este ensayo, cuyo título ya me atrae. Santiago Alba es un hombre que piensa mucho y bien.

Por último, de la caseta de Los libros del zorro rojo, editorial que cumple este año su vigésimo aniversario, arramblo con un magnífico Bestiaria, de Domitilla Dardi, bella y erudita investigadora italiana, un volumen en cuarta mayor que a decir de la editorial "propone una exploración visual y simbólica de la naturaleza, en este caso del reino animal. Inspirado en los antiguos bestiarios —aquellos compendios ilustrados que, más que estudiar a los animales con rigor científico, extraían de ellos significados morales y espirituales—, Bestiaria celebra la convivencia entre lo real y lo imaginario, un terreno de la biología se confunde con el mito." En él se dedican capítulos y páginas a obras como el Libro sobre las utilidades de los animales (conservado en el ms. 898 de la Biblioteca del Escorial y editado en facsimil y traducido por Carmen Ruiz Bravo, y no por su difunta madre, como figura en el portal cibernético de alguna librería) y el Maravillas de las criaturas y rarezas de los seres existentes, de al-Qazwini. Me dice la encargada de la caseta que es obra que viene a sumarse al Herbaria, ya publicado, y a otra sobre Gemología en ciernes, en su sentido antiguo, sobre las maravillosas propiedades de las gemas, y no sobre su valor, que es lo único que cuenta hoy día (qué mejor ejemplo que el caso Zapatero: ¿Alguien se ha preguntado por la belleza de esas joyas? ¿Y los cuellos mórbidos y desiertos de las esposas y amantes? ¿Es que no cuentan nada?). Tres hurras por El zorro ojo. Es de esas editoriales de las que cabría decir sin ambages ni complejos, de tener uno los bolsillos propios del caso: "Me lo ponga todo, por favor."

Y así, con mis cuatro trofeos en la mochila abandono la Feria, como el pescador que, con sus cuatro pargos en el zurrón, que todavía boquean, está contento de volver a casa, inasequible a la tentación de los miles de millones de peces que colean en el mar, sabedor de que en lo contado está el secreto de la felicidad.


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