50 años

Publicado el 28 de noviembre de 2025, 7:25

 

Al albur de las celebraciones por los 50 años de la muerte del dictador, me han venido recuerdos de esa época y del día en que murió (que parece que fue el 19 y no el 20 de noviembre, según su embalsamador, entrevistado el otro día en un diario nacional), aunque la verdad, recuerdo más nítidamente el día en que la ETA hizo volar por los aires a Carrero, aquel diciembre del 73, y cómo el hermano Gonzalo entró en el aula a pasos grandes con cara demudada y nos mandó a todos a casa, a media mañana.
Lo de Franco fue otra cosa. Algo esperado, cuando no anhelado, por una ciudadanía que había sido ya preparada por el "equipo médico habitual" y sus disquisiciones sonrojantes sobre las "heces en melena" del general, que sonaba un poco a los Beatles y que nadie sabía qué clase de heces eran esas ni por qué debían hacernos partícipes de su consistencia. Años más tarde coincidí en una boda de postín con el marqués de Villaverde (bautizado popularmente de Vespaverde, por su contrato exclusivo para la venta de motos italianas en España) y señora, doña Carmencita Franco. Estaban en la mesa contigua y no dejé de observarlos en todo el convite. Sus rostros atezados por el sol de las islas patrias y las montañas del esquí invernal tenían esa pátina saludable y cuajada de quien siempre ha vivido con viento de cola en la azarosa y a menudo cruel realidad ibérica sin tener que responder de sus actos en ningún momento.
Luego se ha hablado mucho de la Transición y de cómo fue modélica y de cuánto fue admirable y propicia a la concordia. Yo en aquellos días me recuerdo algo indiferente a la política, hasta el punto de que en el 78 voté a una coalición memfita inventada por mí mismo, mediante una papeleta que elaboré primorosamente llenándola de cartuchos con nombres de faraones.
La triste realidad es que la transición fue una operación tutelada por los alemanes y supervisaba por la Casa Blanca, en la que hubo un pacto de no agresión entre la derecha franquista y el partido socialista, que anhelaba dejar en la cuneta al PC, que era quien se había significado verdaderamente en la lucha contra el franquismo mientras el dictador pescaba truchas en Asturias. Meritoria, de acuerdo, pero de modélica nada. García Trevijano, personaje complejo por su inmenso ego, pero de gran capacidad de análisis jurídico, cuyos veredictos leí más tarde en libros que me impactaron enormemente como El discurso de la República o Teoría pura de la República", hizo en La Clave un análisis sobre la democracia española que sigue siendo imbatible: España es una oligarquía de partidos, que son quienes ponen las listas y se abrogan la representación del pueblo, y la representatividad de los diputados es casi nula, son peones de los partidos, que los manejan mediante un mandato imperativo (dudosamente democrático). Por lo demás, García Trevijano aseguraba que en España no ha habido una verdadera separación de poderes y que lo que se ganó fue un régimen de libertades personales. Y que cuando no hay separación de poderes, el resultado matemático es la corrupción, que es una gangrena española (no se pierdan el gran libro de Joaquim Bosch, La patria en la cartera), que mina la credibilidad de la clase política y supone un golpe mortal a la percepción de justicia de la fiscalidad, fenómeno clamoroso hoy día en las redes, que hace al final el caldo gordo al gran capital, que es quien mueve los hilos de la ultraderecha. No le faltaba razón al notario andaluz. La campaña de desprestigio que le cayó encima a García Trevijano después fue de órdago, ríete de las sufridas por Pablo Iglesias y ahora por Pedro Sanchez. Guinea Ecuatorial, etc...Y me temo que en gran parte venía de Ferraz, gran pata de banco de la monarquía española.
Está bien ponderar debidamente lo que no pasó, es decir, un nuevo enfrentamiento fraticida, pero emplear la Transición para justificar 50 años de cerrojazo constitucional es un error tremendo. Lo que no se pudo hacer entonces se ha podido hacer después, pero no se ha hecho: una ley electoral proporcional y representativa, una ley de partidos a la semejanza de otros países verdaderamente democráticos, en la que los electores elijan a sus representantes directamente en sus circunscripciones, una revisión de los límites de la impunidad del Rey en la Constitución, etc etc. De ahí lo de la Santa Transición. La oligarquía de partidos impone una situación de tablas en la que nadie mueve ficha porque teme perder privilegios con cualquier cambio (exactamente como sucede en las Naciones Unidas y su derecho de veto en el Consejo). Y ahí estamos, dando vueltas sin cesar a lo que constituye, para muchos españoles, el motor básico de la actividad política española, sobre todo por parte de una derecha cada vez menos liberal y más radical, en medio de una revolución mundial antiliberal y envalentonada: quítate tú para ponerme yo. Espectáculo triste donde los haya, que transforma el Parlamento en una riña de gallos, en un momento en que las crisis de todo tipo exigen la conjunción de esfuerzos para atajar problemas como la vivienda, la destrucción del medio natural, las listas de espera, la sostenibilidad de las pensiones y otros muchos, entre ellos la posibilidad de un estado federal.

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